viernes 20 de enero de 2012

sola

Qué me grite en si no me molesta tanto como la necesidad que carga de alargar las cosas. Estirarlas. Tomarse el tiempo de montar la carpa entera para desplegar el circo del reclamo y agotar cada tema a partir del cual puede generar algún problema. Se exonera del odio que me guarda maltratándome todo lo que puede, en todas y cada una de las excusas que le doy. Si me río, de que es que río tanto. ¿Me río de él? Flaco, no sos el centro del mundo. A veces sólo me río. Si lloro o estoy con mala cara, peor. Que nunca disfruto de nada, que soy una ingrata, incluso que me gusta estar mal. De todas maneras, lo que parece alterarlo más que nada, es que mis estados de ánimo tengan más bien poco que ver con él. Salta a otro ítem únicamente cuando la cuestión está ya seca de tanto exprimirla. Motivos para la queja, es cierto, le sobran. Pero él tiene la tenacidad de quien disfruta del conflicto. La cara de culo que lleva puesta hoy, por ejemplo, la tenía antes de sentarse a la mesa, antes de subirse al auto para ir hasta el bar al que íbamos seguido cuando empezamos a salir, incluso antes de salir de casa. Está esperando, cual bomba de tiempo, el momento para explotarme la insatisfacción en la cara. Y de eso se trababa un poco todo. Es el castigo que me toca por ser tan yo y tan poco todo lo que el pretende. Nos conocemos, como se conocen los amantes que comparten la cama y la miseria en el tiempo. En días como este yo me portó mal, para que él que pueda identificar la culpa de su profunda infelicidad. Le voy buscando el punto, voy midiendo el aire, tratando de evitar el momento que sé que hasta por venir. Pero empiezo a cansarme de esquivar las estacas que me está clavando por los costados, el corset con el que me sostiene me está apretando mucho y es una cuestión de tiempo. Me harta tener que calcular hasta el modo en el que me llevo la servilleta al regazo. Esto no es una pareja, es un campo minado. De repente que me grite me parece el mal menor. Dale. Desenredate. Terminá con éste suspenso. El desenlace va a ser del siempre. Reproches eternos, llanto, un par de te juro que voy a cambiar (míos, por cierto) y dormir enfrentados por el desgaste de la pelea. Amanecer inertes y chiquitos. Seguir esquivándonos los ojos el uno al otro, todo el día. Hasta que se sienta sólo, porque la distancia que marca le hace más daño a él que a nadie. El desapego que me genera la pelea me licua la culpa que siento. En menos de un día el miedo le va a ganar y se va a acomodar en su lado de la cama para decirme: ya basta, no peleemos más, y echarnos el polvo olvidablemente reglamentario con el que cerramos cada semana de nuestras vidas.
- Pedís ese daikiri y ni siquiera te lo tomás -me dijo.
-Me aburro Mariano. Me aburro acá. No se porque me seguís trayendo a este lugar de mierda.   
-Bien que te gustaba antes este lugar de mierda -sentenció él, mareando los dos hielos que le quedan en el vaso de whisky, con una expresión tan forzada que me da vergüenza ajena. Está decidido a mirarme a los ojos- te encantaba este lugar de mierda ¿no te acordás como te gustaba este lugar de mierda?
-No me molestes, no seas boludo- intento zanjar el diálogo y sobre todo la mirada insistente.
-Podés quedarte en casa si querés, podés hacer lo que quieras. Podés mirarme a la cara también. Te juro que no te voy a morder.
Lo miré. Como se mira a un montón de mierda acomodada en el fondo de un inodoro sucio. No quería mirarlo así, pero insiste. Insiste en que sea testigo privilegiada del daño que le estoy haciendo, así funciona la rueda. Me odia ahora. Me levanto de la silla, agarro mi cartera y me encierro en el último cubículo del baño. Las ganas de llorar, si, las traje. Por mi vida en general. No tengo más 20 años, estoy pisando firme la ruta de los 30 y largos. Un laburo de esos que parecen buenos cuando contás sobre ellos, pero cuando el lunes te sentás en el escritorio que ha sido designado para vos, te das cuenta de lo triste que resulta todo. Tomarse el subte. Ese subte lleno de gente y de calor, hacer el esfuerzo de sumergirte en las entrañas de la tierra para ir a perder el tiempo y la vida en algo que en el fondo no te interesa, pero por lo que se te paga. Hay que pagar el crédito. El crédito de una casa que compramos juntos pero que deseo profundamente que no hubiésemos comprado. La casa es hasta linda, le hice todas las cortinas a medida. Con patiecito y parrilla, en las que el jura que va a hacer unos asadazos. Que va a hacer, sino sabe ni prender el fuego. Cada rincón es el anuncio de mi falta de espíritu, de mi rutina esclava y de mi vida sin sorpresas. Un auto parado en la puerta. Nuevo, cuatro puertas y con ventanita en el techo para no tener que abrir las ventanas las noches de verano y que te choreen. Una cagada. Que me choreen, que pase algo. Mejor no tener nada. Mejor no llegar a fin de mes y caminar por Buenos Aires como si no hubiera nada más importante que hacer. Renuncio a Punta Cana por un filito hippie que me coja por todos lados, encerrada en la pieza de un departamento que comparte con un amigo en Constitución. No estar ni siquiera casados. Así sería más fácil, porque un abogado bien pago te ahorra el problema de tener que volver a verte la cara con el chabón al que identificas como culpable de todas tus desgracias. Así, sin papeles estás obligada a negociar. Pero de una manera perversa. Estás obligada a esconder para negociar, a no decir lo que en las tripas te aprieta. A no gritar lo que se te sale de la boca. Callar y esperar un milagro. Quizás ganar el loto o que se enamore de otra. Eso sería ideal. No es tanto el miedo a separarse como a todo el drama que hay que atravesar para volver a estar sola. Las peleas, la división de muebles, la venta de una casa que no se puede vender porque está hipotecada. Una paja. Eso, siempre y cuando no se le ocurra la genial idea de que es nuestro momento de ser papás. Es como si lo estuviera viendo. Sonriendo exageradamente, muy seguro de que encontró la manera de sacar adelante la relación. Sería el fin. Ya no tengo memoria de lo que es una vida sexual plena. No tengo ganas de coger desde siempre. Y no me atrevo ni siquiera a buscar algún maleante mulato y generoso que me chupe la concha a destajo y sin privaciones. También podía tratar de ser lo que hace falta: sincera. Antes hablábamos. Se puede probar volver a ser como antes. Contarle que la presión en el pecho es muy grande, que así no se puede vivir. Que no tenemos porque hacernos esto. Pero tampoco es cuestión de alimentar falsas esperanzas. Volver a la comunicación es abrir una puerta peligrosa. Quizás así hasta yo empiece a entusiasmarme. La cosa así no va. Porque no. Porque no va. Porque a veces es así. Es un axioma, algo que se da como válido, incluso cuando no lo sabés realmente. A él le pasa lo mismo, pero para el otro lado. Va a sostener hasta el fin de sus días que somos una pareja magnífica y que soy el amor de su vida. Aunque de dos horas que pasa conmigo, me odia una hora y media. Aunque no se pueda acordar de cuando fue la última vez que lo hice reír. Aunque sabe perfectamente que no lo hago feliz, sobre todo porque no puedo hacer otra cosa que pensar en cómo hacerme feliz a mi misma. No se puede hacer nada para que sea de otra manera. A veces hasta dudo. Si antes fuimos tanto, porque ahora somos tan poco. Si nos queríamos. Si nos juramos que íbamos ser distintos a todo el resto.  Las cosas nunca son lo que una espera. Las cosas casi siempre son como te las cuentan. Tengo que volver a la mesa. Tengo que volver a verle la cara. Es mi obligación. Afrontar todo de vuelta. Toda la mentira de la vida juntos y él, ahí. Viviendo la mentira, sudando la mentira, emborrachando la mentira.  
Abro la puerta del cubículo, me lavo la cara, me mojo la nuca y salgo del baño. Me siento a la mesa y le doy la enésima vuelta con la pajita al daikiri de frutilla. Aguado. El va por el tercer whisky. Un horror.  
-Basta. No aguanto más –digo, en un gesto heroico.
-Eso ¿se te ocurrió solita o estuviste hablando por teléfono con tu amiguita en el baño? –explota, finalmente, todo.


jueves 29 de diciembre de 2011

soi lo que quiero ser dentro de las limitaciones estructurales dadas por mi capacidad de pensar. es decir, hay cosas que no puedo ser porque sencillamente no está en mi pensarlas. todo aquello que se me ocurre, puedo en potencia, ser. puedo incluso ser todo aquello que se me ocurra ser de aqui hasta el dia en el que muera. lo que nunca voy a poder ser es todo aquello que se me negado en mi posibilidad finita de pensamiento. en otras palabras nunca podré ser aquello que ni siquiera logro pensar, mucho menos comprender. no puedo ser aquello que no soy, porque ni siquiera se presenta en mi en forma de pensamiento

viernes 18 de noviembre de 2011

fliA!

1.

Primero pasa que escuchás una conversación. No está pasando lejos tuyo, y una aprehende primero el murmullo. Hay alguien cerca que está invocando tu nombre. El efecto es total. En segundo no más ya estás totalmente alerta, pendiente de que más podés escuchar y te sentís mal, incómoda y con la sensación de estar siendo marginada. Después, empieza a quemarte. Aparece la angustia, como un hormigueo tenue, y en segundos no más es el fuego limpio el que te golpea la carne. Todo se quema y la vida está en llamas como debe arder el infierno. Algo hay de cierto en esa frase que reza: “pueblo chico, infierno grande”. Cuando las condiciones están dadas, en un pueblo, se incinera al alma más justa, como en una purga, para salvar el sentido que sostiene a la comunidad toda.
Yo debo haber tenido unos 15 años, cuando escuché por primera vez en el colegio la historia de la loca del martillo. Una compañera, que se sentaba delante mio y fumaba cigarrillos de una manera vulgar y exagerada, cuchicheaba con otras sobre una señora que muchos años atrás había asesinado a una mujer a martillazos limpios, para después prenderla fuego adentro de un auto. Esta chica, le comentaba a las otras que la mujer no estaba muerta cuando la prendieron fuego: “seguía viva, seguía viva” chillaba.
No dije nada. Nunca digo nada en realidad. Pero si para mi abuela no fuera tan traumático, probablemente hubiese hecho un chiste con eso, y le habría dicho que la loca del martillo era mi tía abuela, y que no me jodiera más porque en la familia había más de una loca.

2.
Como ardió la mujer en su auto, con la cara desfigurada por los martillazos que mi tía le había dado, ardió en el pueblo el nombre de mi familia: lo realmente triste de las hogueras simbólicas que se encienden en los pueblos es que no siempre responden con justeza a las necesidades de la purga. Las llamas que envolvieron a la mujer habrán sido bastante más certeras, eso si. En realidad, nunca se supo si cuando mi tía la prendió fuego la mujer ya estaba muerta. Estimamos que no, que murió carbonizada, lo que hace todo un poco peor. De haber logrado mi tía su cometido como lo tenía pensado, la mujer hubiese muerte al primer martillazo. De eso estoy segura, nadie de mi familia puede ser tan malo. Sabemos con certeza que ese primer martillazo no mató a la mujer, por eso fue que la tía le borró los ojos a puro golpe. Lo más probable, es que haya estado viva cuando la encerró en el auto, roció todo con nafta y echó un fósforo. Lo que se dice una muerte terrible.

3.
Creo que fue a partir de ahí que todo empezó a andar un poco peor en mi familia. Mi abuela nunca quiere hablar del tema, la pone mal, dice. Como en una comunión filial implícita (quizás explicita entre ellos), todos los vínculos sanguíneos respetan el silencio que mi abuela ha mantenido intacto a lo largo de los años. La historia completa nunca la cuenta nadie, si me enteré fue de a pedacitos y por comentarios que fui escuchando. Cuando volví ese mediodía del colegio le pregunté a mi mamá por la tía. Mamá, que siempre me decía todo lo que sabía de las cosas, me esquivaba. Cuando nos sentamos a almorzar, volví a preguntar. Papá me quiso contar. Claro, el estaba por fuera del pacto de silencio y sangre. Pero se ve que mi mamá empezó a patearlo por debajo de la mesa, porque mi papá se cayó. No sin antes pedirle a mi mamá que no lo pateé más. Fue raro. En mi casa siempre se nos decía la verdad a mi y a mi hermana. Creo que ahí fue que empecé a pensar que la historia de la tía encerraba otras historias mucho más secretas que la de la loca del martillo.

4.
La tía y la abuela no tenían otros hermanos, y cuando la tía hizo lo que hizo mi abuela la pasó mal. Más que nada por la “vergüenza”, como siempre dice, pero otro poco también por cosas que tienen que ver con ella. Cuando a la tía la fue a buscar la policía a su casa, el tío no estaba. Había salido a jugar a las cartas, como hacía todos los días. Después de comer, en el pueblo, los hombres se van al club a jugar a las cartas. Más en la época de mi tía. Jugaban al Tute Cabrera o al Codillo, que son juegos parecidos, pero no son iguales. Y en cualquier mesa se te ofenden mucho si los confundís. Los hombres siempre juegan por plata a las cartas, así sea por 10 centavos, juegan por plata. Las mujeres no juegan ni al Tute ni al Codillo, juegan a la canasta y nunca pero nunca juegan por plata.

5.
En el medio del silencio total que se hace en el pueblo a la hora de la siesta, mi tía atendió a la policía. Todas las casas están sobre la calle y se escucha todo. Creo que era domingo. Me imagino el momento y es como si lo estuviera viendo: todos los vecinos asomados a la ventana a ver que era lo que estaba pasando, y mi tía, sacando carpiendo a la policía, echando doble llave a la puerta después de cerrárselas en la cara.




martes 1 de febrero de 2011

Ando en esto de andar haciendo algo para llenar un poco estos huecos que se me plantan en la jeta, o en la panza.
Ando viendo que se puede hacer con tener las mañanas libres, y los tardes de encierro. Ojo, no es que sufra como sufren los niños ricos, que valga la redundancia, sufren tristeza. Un poco si, debo decir, pero acá el problema sigue siendo otro.

Porque existe una alta probabilidad de que acabado mi encierro, y encontrada mi salida, vuelva a buscar hacer alguna otra cosa, porque soy, digamos que, inconstante. La inconstancia, para nuestra generación, es una suerte de lugar heroico y profano, que nos define en tanto, somos, precisamente, hijos de la misma historia trunca. Incapaces de la constancia. O de la continuidad. De alguna manera, intuyo, que debemos no ser otra cosa que la generación del desequilibrio porque nacimos aquí y ahora, y el tiempo nos encontró a nosotros primero.

Estamos llenos de vértices que expresan que el equilibrio no es una cualidad propia de esta juventud de la que formamos parte. Oímos el desequilibrio en cada palabra hecha cuento, o hazaña. Es que estamos hechos de no certezas. De agujeros y lugares profundamente vacíos. Hallamos las sensaciones de plenitud en el juego de ser reventadas, putas o locas. Somos desequilibradas. Probablemente podamos, como podemos, tener un trabajo de unas 8 horas diarias, seguramente, consigamos realizarlo dignamente, y percibamos un sueldo que nos deja margen para comprarnos las ropita que más nos gusta, y comer en esos restaurantes caros de palermo kosher.

No estamos, sin embargo, contenidas positivamente en estas formas de existencia, y buscamos, como empezamos diciendo, algo que nos llene el tiempo que nos queda libre después de dormir, llorar, trabajar y coger.

Somos una estampida de desequilibradas andando tristes o felices, depende el día. De eso se trata, justamente, el desequilibro estático. Estamos plantadas en nuestras vidas de manera errante, híper jurándonos que esto que somos hoy no es para siempre, que podemos encontrarle la vuelta al equilibrio en el desequilibrio. A salir los días de semana a tomarnos todas las birras que podamos pagar, renunciar a la pollerita que vimos el otro día caminando por almagro, y plantear que así está bien, y volver a despertarnos el lunes, 8:15, bañarnos en un periquete, y salir de vuelta a la vida equilibrada que nos permite conjurar las noches de juerga.

En ese devenir en ciclos es que estamos jugándonos la existencia. No somos la generación del cambio, eso está claro. No somos otras, ni nosotras, y eso, también está más que claro. No vale nada preguntarnos que es esto que somos, como generación o como vamos a lograr escribir el primer capítulo de nuestro futuro libro. Como vamos a cantar tangos en la tanguería de Roberto, o lo que sea que pongamos en el lugar de plenitud.

En el fondo, lo más triste es que no sabemos. Hay cuestiones estructurales que nos definen, ciertamente. Nos está negado el ascenso social, como generación y como estirpe. No existe más el luche y vuelve, ni el luche y compre. El consumo, como forma válida de existencia privilegiada, también se está apagando. Si tenemos un poco de suerte, papá puede comprarnos nuestro primer departamento, así nos pagamos el alquiler, y podemos jugar a que llevamos la vida que queremos. Ciertamente, estamos en la post era, y ni siquiera somos capaces de decirlo. Nos toman la voz y nos deforman. No es que existan cosas nuevas ahora y justo nosotros las hicimos. Nosotros nunca hicimos nada más que ponernos en pedo, tomar merca en los baños de los ministerios y tener sexo con desconocidos en Unidades Básicas. Todos muy pintorescos los relatos que inventamos, pero esto ya lo hizo alguien antes, y muy seguramente, mejor que nosotras mismas. El cuento y el acto.

Entonces, que es lo que nos define, me pregunto. Y volvemos, volviendo a ver la cosa después de llenar todo de palabras una vez más, y decimos, porque es lo que más nos gusta, que la cosa homogénea entre todas nosotras es justamente, la nada misma.

No tenemos ataduras, ni estandartes. Nacimos de la nada, y eso ha marcado nuestro no lugar en el mundo. Algo bueno: tenemos en claro que nada valemos. Que para la gente que importa somos prescindibles. Pero los sentidos, y de estos si somos culpables, los damos nosotras mismas. Un poco es lo que nos toca, y otro poco es lo que nosotros hemos tocado. Existe como lo vemos, porque existe si. Pero por sobre todo, porque los estamos mirando. Hay un juego entre el qué mira, y el qué se deja mirar. Una construcción conceptual del sentido de la observación y los significantes que se producen en la dinámica que estará vedado hasta que elijamos denunciarlo.

No estamos llamando a la denuncia, ni a las conductas heroicas. Esto tampoco nos importa un bledo. Lo que si nos interesa es la construcción del no lugar, y la definición de nuestro territorio, como propio.
Si estamos en esto de ser nada, y no valer, ni inventar, como en el fondo todo se ha dicho y todo se ha hecho, lo mejor que podemos hacer es repetir y soplar y robarle la astucia al sentido. Y sobre todo, ser profundamente conscientes, no hacernos las boludas.

Si estamos buscando cosas, porque no sabemos adonde vamos, y porque si o si necesitamos trascender en un punto de la historia en la que trascendencia está negra y acabada, asumamos nuestra búsqueda para poder de una vez y para siempre derruirla y tirarla al costado del camino.

Cuando éramos más jóvenes podíamos ser todo y mucho más. Hoy, que fundamentalmente no somos nada, o somos muy poco, apenas empleadas públicas, escritoras mediocres, o aspirantes a cientistas sociales programadas para el escenario académico, podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que estamos asumiendo lo ridículo de nuestra pretensión idiota, y al fin, decidirnos a profundizar el escenario que buscamos.





jueves 6 de enero de 2011

do not watch

Sabemos que el Estado nos construye las formas de vida mas o menos aceptables, y todo lo que no está estatalmente definido, queda en los márgenes de la cordura. Formas de vida menos óptimas que aquellos que se encuentran en los costados eligen desarrollar. Pero que no están validadas, socialmente, como opciones dignas o prósperas de existencia.
Todxs tenemos amigxs lumpenes, músicos, poetas, artistas, propiamente. Artesanos o militantes. Que viven en Barcelona o en la Paternal. Copados. Pero de lejos. Ellos no somos nosotros.
Es en estos vértices, que donde se puede empezar a pensar en las contradicciones que el estado de las cosas le genera a los sujetos.
¿Elegimos verdaderamente como queremos vivir? ¿o amortizamos la edad en la costumbre leal de seguir las huellas que nos dejaron bien marcadas?
Hacemos lo que nos dicen.
El tema es, siempre, como te lo dicen.
Te lo hacen saber, sutilmente. La publicidad, la televisión, la imagen son formas de acción del poder que se diluyen en el cotidiano, que parecen no tener fuerza real, pero que, muy por el contrario, accionan de manera contundente en el inconsciente colectivo.
Existe la determinación en la categorización. El mero existir de formas de vida más recomendables que otras nos arroja al menos dos cuestiones centrales para el análisis; a saber, por un lado, la existencia de un criterio soberano sobre que es lo que representa en términos prácticos una mejor vida. Por otro, la dificultad que afronta quien se encuentra en la necesidad de definir su "modo de vida" por un camino o por otro.
Que existan, ampliamente publicitadas, las formas de vida que comulgan con los valores sociales establecidos y no otras, nos restringe como sujetos en los momentos de decisión. Esto es, a todas luces, una forma de determinación coercitiva. Un criterio soberano establecido que se impone a las conciencias individuales. Por desconocimiento de alternativas o por que la (mal) llamada presión social hace lo suyo, que es también, una forma de ignorancia.
El poder se forma para encontrar las maneras de autovalerse y reinventarse. Enmudecer a los conciencias. Todo sujeto debe, también, autovalerse. Desconfiar de las formas establecidas y, por sobre todas las cosas, no mirar televisión.

martes 24 de agosto de 2010

lock

Se empezaron a aglutinar alrededor mío unos 50 millones de carteles de neón que se encendían al ritmo de una sirena que gritaba DANGER DANGER. Las lucecitas de neón me confundían, pero estaba enamorada y en mi camino, seguí avanzando.
De repente, millones de pajaritos hermosos, pero muy maleducados, me entraron a tirar del morral, arrastrándome hacía afuera; me picaban la cabeza, me volaban alrededor y me pedían que me fuera, pero no hice caso, porque estaba enamorada, y en mi camino, seguí avanzando.
Cuando estaba a punto de cruzar por fín su puerta, y él me miraba desde dentro, con esos ojitos divinos que me hipnotizaban, salieron las cucarachas que la casa escondía en los rincones, se presentaron todas juntas y me coparon las zapatillas, y como yo no caminaba, intentaron armar un colchón que me condujera lejos, sacarme de una vez de ese escalón, pero no lo lograron, porque estaba enamorada, y en mi camino, seguí avanzando.
Así fue que entré de una vez y para siempre. Viví al ritmo que la casa me impuso. Caminé todos los ambientes. Dormí en todos los cuartos. A veces con él, otras veces muy solita. Me senté en su mesa, hice la comida. Lo esperé muchas veces con la comida caliente, con la cabeza quemada, con el amor en las uñas, llorando adentro y sonriendo por fuera. Grité, desesperé y me reí como loca. Me hice amigos nuevos, amigas nuevas. Muchas enemigas. Defendí lo mío con todo y perdí todas las veces. Hasta soñe con otros amores, que eran otros, pero que estaban ahí. No miré para afuera. No abrí las puertas, ni siquiera las ventanas que daban a la calle. No salí a la vereda. Cuando necesité sol, me senté en el patio. Cuando quise aire, prendí el ventilador. Me fuí acomodando a la vida adentro con lo que tenía a mano. Me lavaba la ropa, me bañaba en su baño, leía sus libros. Me engañe. Maquillé el encierro y traté de aguantar. Anduve siempre por adentro y no salí.
Hasta que un día la casa me expulsó. Se cansó de mí, y aunque no me pidió que saliera, de repente sentí que me decía "ya basta".
Cuando por fín crucé hacia al otro lado de la puerta, después de años escondida en la superfie de una casa embrujada, me sentí sola y perdida. Cuando entré, dejé atrás amigos, amores, padres y madres y me olvidé de todo eso para juntarme con el hechizo que hasta allí me había llevado. Cuando por fín me echaron ya no tenía adonde ir. No había nadie esperándome del otro lado de la puerta. Ni luces de neón, ni pajaritos, ni cucarachas.
No vi luz, porque era de noche. En la oscuridad, junté monedas que alguien había dejado en mis bolsillos y empecé a caminar. Di vuelta a la esquina. Esperé el colectivo. Me subí. Me alejé de la casa. Llegué hasta otra casa que había sido la mía, años atrás. No tenía llave. No había nadie. Me senté en la calle. Muerta de frío. Me puse a llorar.
Ya no estaba enamorada, ya no tenía caminos, ni deseos. No sabía siquiera que había pasado todo el tiempo que estuve escondida entre las habitaciones de su casa.
Justo en ese momento supe que una está destinada a armar su propio sendero. Que una no siempre puede hacerlo, pero tiene tiene la obligación de intentarlo. Que estar sola de verdad no es sentarse sola en el escalón de una casa que fue tuya y que ya no sabés a quien pertenece. Soledad es otra cosa.

Sola es dejar que él te encierre en vez de aprender a andar vos sola.

domingo 8 de agosto de 2010

do not flash

joven argentina, que no te compren con espejitos de colores. no te dejes engañar.
ese pibe, que parece copado, desenvuelto, buena onda. tan inteligente y sagaz, comprometido, con esa visión tan única de la realidad, tiene un objetivo preciso: fornicar(te).
ese pibe, deliberadamente, se pone la careta de yo no soy careta, por que sólo así es capaz de entrar en el mundo; pero es un rufián, un desalmado insensible.
se va a aprovechar de vos, te va a hacer quererlo mucho y te va a dejar cuando se canse, o cuando vos empieces a descubrirlo.
por que es así, y solo así, como pasa por alto un poco su insignificante existencia y su triste sobrevivir, día trás día, haciendo cosas que no cambian nada ni a nadie.